El sonido de la bocina del avión me despertó, aterrizábamos. Mi cabeza descansaba sobre el hombro de un hombre asiático; levanté la vista aún somnolienta y desubicada, el hombre me miraba tiernamente, le sonreí apenada y me acomodé en el asiento. No tuvimos ningún percance durante todo el vuelo, menos mal pues estaba aterrorizada, le tenía un pavor descomunal a volar en avión. Tomé mi equipaje cuidadosamente para asegurarme de no olvidar nada, recogí la basura de las golosinas y caminé hacia la salida. Al salir del avión sentí un alivio inexplicable, después de tantas horas de vuelo sentía que el suelo se movía bajo mis pies, pero prefería ese malestar a estar a no sé cuántos pies de altura con la posibilidad de que el avión se precipitara y acabara todo en un final trágico. Comenzaba a sentirme mal: mareada, perdida, sola. Caminé algo aturdida entre las olas de gente que se movían sin parar de un lado para otro y que hablaban muchísimos idiomas diferentes, algunos no los llegué a reconocer. Me detuve justo antes de dar el paso que me sacaría del aeropuerto, observé mi alrededor, tomé aire, y salí. Me zumbaban los oídos y era en verdad molesto, hice el método de compensación que había aprendido en la preparatoria y el zumbido desapareció. Llegué al sitio de taxies, donde como era de esperarse había un número considerable de personas que aguardaban por uno, por suerte era mejor que en México, pues la fila avanzaba rápido y constantemente, tomé mi lugar en la fila. Puse mis dos abultadas maletas en el suelo para acomodarme el cabello que era una maraña, en una cola de caballo; me desabroché el primer botón de la blusa; ya empezaba a sentir el golpe del calor australiano, que aunque parecido al de mi país tenía una frescura que jamás había sentido, era la brisa de la playa. De pronto recobré los sentidos y noté que era mi turno para tomar el taxi cuando, súbitamente un hombre alto y rubio, bien vestido, pasó volando a mi lado metiéndose en MI taxi. Rápidamente caminé hacia el taxi y detuve la puerta antes de que la cerrara el encargado, asomé la cabeza al interior del auto.
―Hey! ―dije sin alzar la voz― what are you doing?, I was waiting for this one, you...
Me interrumpió.
―Sorry, I really need the taxi, I have to go right now, if i'm late I'll be fired! ―masculló preocupado.
―But it's unfair!, you didn't... ―me interrumpí― alright, go.
―Thank you so much ―musitó aliviado.
Ja, y yo que pensaba que los australianos eran muy puntuales. Sabía perfectamente que el sujeto podía estar mintiendo, pero me resultaba indiferente, después de todo yo no tenía prisa. Aguardé al siguiente taxi que no tardó mucho en llegar, indiqué la dirección controlando mi nerviosismo, pues nunca había estado ahí y no sabía ni a dónde iba. El chofer me informó que habíamos llegado, pagué al tiempo que daba las gracias y bajé del auto. Entré al edificio. Me recibió la casera, que parecía que ya me esperaba, y me condujo amablemente hasta mi habitación, me dio las llaves y se marchó, no sin antes avisarme que si necesitaba algo no dudara en avisarle; le dí las gracias y entré. La habitación era pequeña, pero tenía suficiente espacio para una persona, dejé el equipaje en un rincón. Eché un vistazo al lugar y me sorprendí al notar lo agradable que era; tenía una reconfortante iluminación, los pocos muebles que había dejado el anterior inquilino, para mi suerte, se encontraban en buenas condiciones; la ventilación era adecuada, la cocina estaba limpia y no tenía olores nauseabundos. Por el precio que pagué, me esperaba un lugar desteñido y moribundo, algo así como el departamento de Peter Parker, pero quizá había exagerado. Australia tenía muchas comodidades y me había recibido calurosamente ―incluyendo el término literal―. Después de echar una hojeada a mi nuevo departamento, finalmente, me quité los zapatos, me recosté en la cama ―que sí había adquirido por mi cuenta― y me relajé, suspiré, estiré los músculos y me dejé llevar por el cansancio. Me quedé dormida casi al instante.
―Hey! ―dije sin alzar la voz― what are you doing?, I was waiting for this one, you...
Me interrumpió.
―Sorry, I really need the taxi, I have to go right now, if i'm late I'll be fired! ―masculló preocupado.
―But it's unfair!, you didn't... ―me interrumpí― alright, go.
―Thank you so much ―musitó aliviado.
Ja, y yo que pensaba que los australianos eran muy puntuales. Sabía perfectamente que el sujeto podía estar mintiendo, pero me resultaba indiferente, después de todo yo no tenía prisa. Aguardé al siguiente taxi que no tardó mucho en llegar, indiqué la dirección controlando mi nerviosismo, pues nunca había estado ahí y no sabía ni a dónde iba. El chofer me informó que habíamos llegado, pagué al tiempo que daba las gracias y bajé del auto. Entré al edificio. Me recibió la casera, que parecía que ya me esperaba, y me condujo amablemente hasta mi habitación, me dio las llaves y se marchó, no sin antes avisarme que si necesitaba algo no dudara en avisarle; le dí las gracias y entré. La habitación era pequeña, pero tenía suficiente espacio para una persona, dejé el equipaje en un rincón. Eché un vistazo al lugar y me sorprendí al notar lo agradable que era; tenía una reconfortante iluminación, los pocos muebles que había dejado el anterior inquilino, para mi suerte, se encontraban en buenas condiciones; la ventilación era adecuada, la cocina estaba limpia y no tenía olores nauseabundos. Por el precio que pagué, me esperaba un lugar desteñido y moribundo, algo así como el departamento de Peter Parker, pero quizá había exagerado. Australia tenía muchas comodidades y me había recibido calurosamente ―incluyendo el término literal―. Después de echar una hojeada a mi nuevo departamento, finalmente, me quité los zapatos, me recosté en la cama ―que sí había adquirido por mi cuenta― y me relajé, suspiré, estiré los músculos y me dejé llevar por el cansancio. Me quedé dormida casi al instante.






1 comentario:
Aiiii ya quiero leer más :D
Me uzztan los colores y el banner, sobre todo ha ha!
TQM
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