viernes, 24 de octubre de 2008

Capítulo III Un día largo

Todo indicaba que el día sería largo. Había ido a una de las casas productoras en las que había dejado el guión en el que Charlie y yo teníamos fe que fuera aceptado. No sería la primera película que él dirigía pues ya llevaba unos años viviendo y trabajando en Australia en lo que más le gustaba hacer: cine. Había sido llamada para confirmar algunos datos. Cuando salía de la oficina donde había sido mi cita, me encontré con varias personalidades del cine y la televisión: actores, directores, conductores, escritores, entre otros. Me vino a la cabeza algo que no había tenido oportunidad de pensar desde mi llegada a Australia: si tenía éxito, ese tipo de personas son con las llegaría a codearme algún día.

Cuando iba llegando al ascensor sonó mi móvil, era Charlie.

Perdón por no llamarte anoche pero no vas a creerlo explicó exaltado.

No hay problema, ¿qué pasa?

¿Recuerdas cuál fue el primer lugar al que llevé el guión? preguntó conteniendo la respuesta.

Sí, lo recuerdo, ¿por qué?

¡Lo aceptaron, ya está todo listo!

¡¿Qué?! contesté sorprendidano lo puedo creer, eso es grandioso. Un momento, más te vale que no sea una broma porque te... me interrumpió.

¡Por Dios, claro que no, es verdad!, hasta me haces mencionar a Dios y ni si quiera soy creyente. ¡Quieren vernos justo ahora!.

¡¿Qué?!, ¿ahora?.

¡Sí!, ¿tienes dónde apuntar?

Eh... sí contesté mientras sacaba una libreta y una pluma de mi bolso.

Me dictó la dirección y me apremió dejar lo que fuera que estuviera haciendo para ir a su encuentro, y el de mi destino. En ese proyecto estaba la clave de nuestro triunfo, si lográbamos amarrar a los productores y cerrar el trato, se haría la película con mi guión y Charlie la dirigiría, sería perfecto.

Llegué volando hasta el ascensor. Sentí que pasaba una eternidad y que nunca se abrirían las puertas. Por fin se abrieron y salí corriendo. Pasé por la puerta automática y cuando bajaba las escaleras de la entrada choqué con alguien que venía en dirección contraria y que no vi; aún traía el móvil, la libreta y una copia del guión en las manos. Por desgracia el impacto había tenido la fuerza suficiente como para hacerme trastabillar y bajar a trompicones las escaleras, hasta tocar el piso con una rodilla, para simultáneamente dejar caer mis documentos al suelo. Me apresuré a recoger mis cosas. El hombre con el que había chocado se había detenido a ayudarme, recogió algunos papeles y me los dio sin decir una palabra, yo sabía que por dentro estaba muerto de risa pues nuestro encuentro había sido de película. De pronto habló.

Lindo llavero dijo con una lindísima voz varonil, mientras estiraba la mano para pasarme las llaves de las que pendía mi adorado llavero de Wolverine, que había alcanzado a salirse de mi bolso.

Reconocí la voz pocos segundos después de oírla pero temía voltear, no lo creía, era imposible. Giré la cabeza para recibirlas y mis ojos se encontraron con los suyos, efectivamente, era él, Hugh Jackman, uno de mis ídolos y estaba ahí dándome las llaves con su arrebatadora sonrisa.

Gracias dije con voz apenas audible para la distancia a la que nos encontrábamos.

No hay de qué dijo mientras se enderezaba y me extendía una mano para ayudarme a levantar.

Vacilé un momento, luego, tomé su mano y me levanté. La sensación que experimenté mientras sujetaba su mano rebasaba todo límite de excitación y alegría. Mientras enrojecía le dí nuevamente las gracias y solté su mano. Él me respondió con una sonrisa y yo dí media vuelta. Mientras caminaba las piernas me temblaban a pesar de sentir los pies ligeros como en una alfombra de algodón, me quemaba el rostro y me sentía como en un sueño. Todo indicaba que el día sería largo.

viernes, 17 de octubre de 2008

Capítulo II Regalos

El sol de la mañana entraba por la ventana dispersándose por toda la habitación, iluminando traviesa y vigorosamente el lugar e irremediablemente, despertándome. Me alisté para ir de compras pues no tenía nada en la nevera. Cuando salí de la ducha sonó mi móvil, el cual había dejado sobre el buró, atravesé la habitación para atender la llamada. No puse atención al número.

¿Jo? preguntó una voz familiar.

¿Charlie? interrogué conociendo la respuesta, ¡hola!, no esperaba que llamaras hoy.

¡Hola!, quería saber cómo llegaste ¿qué tal el vuelo, llegaste bien? preguntó entre preocupado y curioso.

Pues el vuelo estuvo bien, yo fui la que no lo estuvo, quería vomitar al bajar del avión. Llegué sana y salva, el departamento es más de lo que esperaba y la casera es muy amable.

Me alegro, te dije que te gustaría dijo animadoespero no haberte despertado.

No te preocupes ya estaba despierta, voy a ir de compras porque no tengo nada de nada. ¿Te molesta si te llamo más tarde?.

No hay problema. Dame el teléfono de tu departamento y yo te llamo por la noche.

Después de darle el número, colgué y me arreglé para salir.


Afuera el sol chisporroteaba alegre. La casera se había tomado la molestia de obsequiarme un cuadernillo, escrito de su puño y letra, con los nombres y direcciones de los lugares y establecimientos más importantes de los alrededores: restaurantes, bancos, hoteles, sitios de taxies, paradas y rutas de autobuses, toda clase de tiendas, cines, parques; todo lo que se le había ocurrido. Sin duda el cuadernillo me sería de gran ayuda. Para mi fortuna el supermercado estaba a tres a calles al norte, compré lo que necesitaba y salí de la tienda. Cuando caminaba de vuelta a casa se me atravesó una tienda de ropa, miré el vestido que exhibían en el aparador pero cuando observé el precio casi me voy de espaldas; seguí mirando la costosa ropa, mi vista se detuvo en una blusa de color azul pálido y pensé: ésta le gustaría a Marissa, luego vi mi reflejo.

De regreso en casa, acomodé la comida en la nevera y dejé las sartenes que recién había comprado sobre la estufa, que era propiedad de la casera; me preparé unos huevos a la mexicana para almorzar, pues ya se me había pasado la hora del desayuno, y tomé un poco de jugo de naranja, aunque no tenía mucho apetito. Luego de llenar parcialmente el estómago me dispuse a desempacar mi ropa y demás utensilios personajes. Mientras desempacaba llamaron a la puerta. Era la casera.

Buenos días señorita, han traído unas cosas para usted y necesitan que firme dijo sonriente.

¿Qué clase de cosas? pregunté.

Un televisor, un estéreo y un reproductor dvd.

Pero yo no he comprado nada de eso repliqué extrañada.

Me miró con cara desentendida y me acompañó a la recepción para recibir mis 'regalos'. Firmé y uno de los hijos de la casera me ayudó a subir las cosas a mi habitación. No imaginaba quién podría haber tenido la gentileza de obsequiarme aquellos electrodomésticos, pero se lo agradecía pues eran justo los aparatos que pensaba comprar primero, mucho antes que un tostador o un microondas.

Me recosté en la cama y comencé a leer uno de los libros que había traído conmigo. Yo era una de esas personas que no salía mucho, prefería pasar la tarde en casa leyendo, viendo películas, editando en la pc o haciendo fotografías; si salía era con mis amigos, cosa que aquí tardaría en suceder pues no tenía ningún conocido más que a Charlie. Pase toda la tarde leyendo hasta que cayó la noche, recordé que al día siguiente tendría que trabajar así que me lavé la boca y me metí a la cama. Charlie no llamó.

sábado, 11 de octubre de 2008

Capítulo I El arribo

El sonido de la bocina del avión me despertó, aterrizábamos. Mi cabeza descansaba sobre el hombro de un hombre asiático; levanté la vista aún somnolienta y desubicada, el hombre me miraba tiernamente, le sonreí apenada y me acomodé en el asiento. No tuvimos ningún percance durante todo el vuelo, menos mal pues estaba aterrorizada, le tenía un pavor descomunal a volar en avión. Tomé mi equipaje cuidadosamente para asegurarme de no olvidar nada, recogí la basura de las golosinas y caminé hacia la salida. Al salir del avión sentí un alivio inexplicable, después de tantas horas de vuelo sentía que el suelo se movía bajo mis pies, pero prefería ese malestar a estar a no sé cuántos pies de altura con la posibilidad de que el avión se precipitara y acabara todo en un final trágico. Comenzaba a sentirme mal: mareada, perdida, sola. Caminé algo aturdida entre las olas de gente que se movían sin parar de un lado para otro y que hablaban muchísimos idiomas diferentes, algunos no los llegué a reconocer. Me detuve justo antes de dar el paso que me sacaría del aeropuerto, observé mi alrededor, tomé aire, y salí. Me zumbaban los oídos y era en verdad molesto, hice el método de compensación que había aprendido en la preparatoria y el zumbido desapareció. Llegué al sitio de taxies, donde como era de esperarse había un número considerable de personas que aguardaban por uno, por suerte era mejor que en México, pues la fila avanzaba rápido y constantemente, tomé mi lugar en la fila. Puse mis dos abultadas maletas en el suelo para acomodarme el cabello que era una maraña, en una cola de caballo; me desabroché el primer botón de la blusa; ya empezaba a sentir el golpe del calor australiano, que aunque parecido al de mi país tenía una frescura que jamás había sentido, era la brisa de la playa. De pronto recobré los sentidos y noté que era mi turno para tomar el taxi cuando, súbitamente un hombre alto y rubio, bien vestido, pasó volando a mi lado metiéndose en MI taxi. Rápidamente caminé hacia el taxi y detuve la puerta antes de que la cerrara el encargado, asomé la cabeza al interior del auto.
―Hey! ―dije sin alzar la voz― what are you doing?, I was waiting for this one, you...
Me interrumpió.
―Sorry, I really need the taxi, I have to go right now, if i'm late I'll be fired! ―masculló preocupado.
―But it's unfair!, you didn't... ―me interrumpí― alright, go.
―Thank you so much ―musitó aliviado.
Ja, y yo que pensaba que los australianos eran muy puntuales. Sabía perfectamente que el sujeto podía estar mintiendo, pero me resultaba indiferente, después de todo yo no tenía prisa. Aguardé al siguiente taxi que no tardó mucho en llegar, indiqué la dirección controlando mi nerviosismo, pues nunca había estado ahí y no sabía ni a dónde iba. El chofer me informó que habíamos llegado, pagué al tiempo que daba las gracias y bajé del auto. Entré al edificio. Me recibió la casera, que parecía que ya me esperaba, y me condujo amablemente hasta mi habitación, me dio las llaves y se marchó, no sin antes avisarme que si necesitaba algo no dudara en avisarle; le dí las gracias y entré. La habitación era pequeña, pero tenía suficiente espacio para una persona, dejé el equipaje en un rincón. Eché un vistazo al lugar y me sorprendí al notar lo agradable que era; tenía una reconfortante iluminación, los pocos muebles que había dejado el anterior inquilino, para mi suerte, se encontraban en buenas condiciones; la ventilación era adecuada, la cocina estaba limpia y no tenía olores nauseabundos. Por el precio que pagué, me esperaba un lugar desteñido y moribundo, algo así como el departamento de Peter Parker, pero quizá había exagerado. Australia tenía muchas comodidades y me había recibido calurosamente ―incluyendo el término literal―. Después de echar una hojeada a mi nuevo departamento, finalmente, me quité los zapatos, me recosté en la cama ―que sí había adquirido por mi cuenta― y me relajé, suspiré, estiré los músculos y me dejé llevar por el cansancio. Me quedé dormida casi al instante.

viernes, 3 de octubre de 2008

Introducción

Hola a todos, me complace darles la bienvenida a platonic-fanfic.blogspot.com. Habrán llegado aquí por error o gusto, pues bien, espero que pasen un rato agradable mientras dure su visita.
Este blog contiene un FanFiction con el actor Hugh Jackman como inspiración principal. Debo advertir que este FanFic trata de apegarse lo mejor posible a la vida real, sin embargo, contiene elementos tanto verdaderos como ficticios de Hugh Jackman y otras celebridades que aparecerán a lo largo del relato, así que no vayan a creer todo lo que lean. También, se harán breves notas sobre lo que sea verdadero o falso.

Para su entretenimiento también encontrarán videos, imágenes y otros materiales de apoyo para esta historia.

Ojalá disfruten la siguiente historia.