Todo indicaba que el día sería largo. Había ido a una de las casas productoras en las que había dejado el guión en el que Charlie y yo teníamos fe que fuera aceptado. No sería la primera película que él dirigía pues ya llevaba unos años viviendo y trabajando en Australia en lo que más le gustaba hacer: cine. Había sido llamada para confirmar algunos datos. Cuando salía de la oficina donde había sido mi cita, me encontré con varias personalidades del cine y la televisión: actores, directores, conductores, escritores, entre otros. Me vino a la cabeza algo que no había tenido oportunidad de pensar desde mi llegada a Australia: si tenía éxito, ese tipo de personas son con las llegaría a codearme algún día.
Cuando iba llegando al ascensor sonó mi móvil, era Charlie.
―Perdón por no llamarte anoche pero no vas a creerlo ―explicó exaltado.
―No hay problema, ¿qué pasa?
―¿Recuerdas cuál fue el primer lugar al que llevé el guión? ―preguntó conteniendo la respuesta.
―Sí, lo recuerdo, ¿por qué?
―¡Lo aceptaron, ya está todo listo!
―¡¿Qué?! ―contesté sorprendida― no lo puedo creer, eso es grandioso. Un momento, más te vale que no sea una broma porque te... ―me interrumpió.
―¡Por Dios, claro que no, es verdad!, hasta me haces mencionar a Dios y ni si quiera soy creyente. ¡Quieren vernos justo ahora!.
―¡¿Qué?!, ¿ahora?.
―¡Sí!, ¿tienes dónde apuntar?
―Eh... sí ―contesté mientras sacaba una libreta y una pluma de mi bolso.
Me dictó la dirección y me apremió dejar lo que fuera que estuviera haciendo para ir a su encuentro, y el de mi destino. En ese proyecto estaba la clave de nuestro triunfo, si lográbamos amarrar a los productores y cerrar el trato, se haría la película con mi guión y Charlie la dirigiría, sería perfecto.
Llegué volando hasta el ascensor. Sentí que pasaba una eternidad y que nunca se abrirían las puertas. Por fin se abrieron y salí corriendo. Pasé por la puerta automática y cuando bajaba las escaleras de la entrada choqué con alguien que venía en dirección contraria y que no vi; aún traía el móvil, la libreta y una copia del guión en las manos. Por desgracia el impacto había tenido la fuerza suficiente como para hacerme trastabillar y bajar a trompicones las escaleras, hasta tocar el piso con una rodilla, para simultáneamente dejar caer mis documentos al suelo. Me apresuré a recoger mis cosas. El hombre con el que había chocado se había detenido a ayudarme, recogió algunos papeles y me los dio sin decir una palabra, yo sabía que por dentro estaba muerto de risa pues nuestro encuentro había sido de película. De pronto habló.
―Lindo llavero ―dijo con una lindísima voz varonil, mientras estiraba la mano para pasarme las llaves de las que pendía mi adorado llavero de Wolverine, que había alcanzado a salirse de mi bolso.
Reconocí la voz pocos segundos después de oírla pero temía voltear, no lo creía, era imposible. Giré la cabeza para recibirlas y mis ojos se encontraron con los suyos, efectivamente, era él, Hugh Jackman, uno de mis ídolos y estaba ahí dándome las llaves con su arrebatadora sonrisa.
―Gracias ―dije con voz apenas audible para la distancia a la que nos encontrábamos.
―No hay de qué ―dijo mientras se enderezaba y me extendía una mano para ayudarme a levantar.
Vacilé un momento, luego, tomé su mano y me levanté. La sensación que experimenté mientras sujetaba su mano rebasaba todo límite de excitación y alegría. Mientras enrojecía le dí nuevamente las gracias y solté su mano. Él me respondió con una sonrisa y yo dí media vuelta. Mientras caminaba las piernas me temblaban a pesar de sentir los pies ligeros como en una alfombra de algodón, me quemaba el rostro y me sentía como en un sueño. Todo indicaba que el día sería largo.





